
El árbitro levantó los brazos al cielo y pitó el final. Juan Ramón Carrasco, con sonrisa irónica y sin dejar de masticar el chicle con más bronca que nunca, caminó con paso lento hacia el túnel, sin siquiera sacar sus manos de los bolsillos. Los hinchas de Nacional, que colmaron el Parque Central, se miraban unos a otros y no entendían nada. No habían caído en la cuenta todavía, no salían del golpe que les produjo ese agónico gol de Matías Quagliotti.
"¿Por qué?", se preguntaban. ¿Cómo se pueden dejar escapar tres puntos que ya estaban prácticamente en casa? ¿Cómo se empata un partido que se pudo haber ganado con luz? ¿Quién se distrajo en el fondo? ¿Cuántos goles se erraron en el arco rival?
Mientras bajaban las escaleras en silencio, las preguntas se sucedían una tras otra. Es que Nacional dejó pasar una gran oportunidad en el arranque mismo del Clausura: quedarse con los primeros tres puntos y picar al frente en la tabla de posiciones.
Fue una noche fría, con pena y sin gloria para aquellos que fueron ilusionados a ver al "tiqui-tiqui" de Juan Ramón. Es que no lo hubo. Se vio sí, un equipo frontal, vertical, que fue siempre al frente, que buscó permanentemente el arco de Wanderers pero que no tuvo claridad en la última zona ni contundencia en el área. Se vio a un Nacional protagonista de principio a fin, pero un Nacional sin peso, y con una defensa que hizo agua cada vez que el bohemio hilvanó algún contragolpe.
El partido fue abierto y creció en emoción y ritmo. Nacional merecía abrir el tanteador pero no de la forma que lo hizo, tras una clara falta de Mauricio Pereyra y posterior habilitación al "Morro" para que éste metiera la pelota en el área y Quagliotti se hiciera un autogol. Ahí el árbitro Rafael Orfila perdió la brújula y la autoridad. Se hizo una doma. Con faltas, empujones y protestas continuas. Y de ese desorden surgió ese pitazo que cobró falta al borde del área tricolor. No fue foul de Lembo. Pero ya era un caos. Llegó el tiro libre, el rebote en la barrera y la distracción del fondo tricolor para que Quagliotti empatara de cabeza. Ya en los descuentos, hubo mano en el área bohemia pero Orfila no vio intención. Final polémico...
La cifra
95 minutos de juego iban cuando el tiro de Peralta dio en la mano de Quagliotti. Orfila dijo "le pegó".
"¿Por qué?", se preguntaban. ¿Cómo se pueden dejar escapar tres puntos que ya estaban prácticamente en casa? ¿Cómo se empata un partido que se pudo haber ganado con luz? ¿Quién se distrajo en el fondo? ¿Cuántos goles se erraron en el arco rival?
Mientras bajaban las escaleras en silencio, las preguntas se sucedían una tras otra. Es que Nacional dejó pasar una gran oportunidad en el arranque mismo del Clausura: quedarse con los primeros tres puntos y picar al frente en la tabla de posiciones.
Fue una noche fría, con pena y sin gloria para aquellos que fueron ilusionados a ver al "tiqui-tiqui" de Juan Ramón. Es que no lo hubo. Se vio sí, un equipo frontal, vertical, que fue siempre al frente, que buscó permanentemente el arco de Wanderers pero que no tuvo claridad en la última zona ni contundencia en el área. Se vio a un Nacional protagonista de principio a fin, pero un Nacional sin peso, y con una defensa que hizo agua cada vez que el bohemio hilvanó algún contragolpe.
El partido fue abierto y creció en emoción y ritmo. Nacional merecía abrir el tanteador pero no de la forma que lo hizo, tras una clara falta de Mauricio Pereyra y posterior habilitación al "Morro" para que éste metiera la pelota en el área y Quagliotti se hiciera un autogol. Ahí el árbitro Rafael Orfila perdió la brújula y la autoridad. Se hizo una doma. Con faltas, empujones y protestas continuas. Y de ese desorden surgió ese pitazo que cobró falta al borde del área tricolor. No fue foul de Lembo. Pero ya era un caos. Llegó el tiro libre, el rebote en la barrera y la distracción del fondo tricolor para que Quagliotti empatara de cabeza. Ya en los descuentos, hubo mano en el área bohemia pero Orfila no vio intención. Final polémico...
La cifra
95 minutos de juego iban cuando el tiro de Peralta dio en la mano de Quagliotti. Orfila dijo "le pegó".










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